La generación del y sí sí

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Por: Nora Escamilla

Algo nos pasó este verano. Y no solo en los estadios.

El Mundial nos recordó algo que ya sabíamos pero que a veces se nos olvida: que cuando México decide, México puede. Que cuando nos lo proponemos de verdad, con ganas, con organización y con el corazón puesto, hacemos cosas que duelen — de las buenas. Cosas que sorprenden al mundo. Cosas que nos sorprenden a nosotros mismos.

Y la pregunta que me queda dando vueltas es: ¿por qué ese espíritu dura solo lo que dura un torneo?

El «y sí sí» no debería tener fecha de caducidad. No debería apagarse cuando se apagan los reflectores del estadio. Porque lo que vimos en estos partidos — la capacidad de organizarse, de creer, de empujar juntos hacia un mismo objetivo — no es una habilidad futbolística. Es una habilidad mexicana. Y está disponible los 365 días del año.

Podemos hacer cosas chingonas. No como aspiración, como hecho. Lo hemos demostrado mil veces. En la ciencia, en el arte, en la gastronomía que conquistó el mundo, en los migrantes que construyeron carreras extraordinarias lejos de casa, en las comunidades que se organizaron solas cuando el Estado no llegó. México tiene un talento para la grandeza que nadie le puede quitar — pero que a veces nosotros mismos no nos terminamos de creer.

Ahí está el problema. No en la capacidad. En la creencia.

La generación del «y sí sí» es la que decide no esperar permiso para hacer algo grande. La que no se conforma con admirar lo que otros construyen. La que toma la energía de un gol, de un logro colectivo, de un momento donde todo el país grita al mismo tiempo, y la convierte en combustible para algo que dure más que noventa minutos.

Tenemos una deuda con este país. Con el México que nos formó, que nos dio idioma, historia e identidad. Pero sobre todo con el México que viene — con los hijos, con los sobrinos, con la generación que ya está mirando y aprendiendo de lo que hacemos hoy. ¿Qué país les vamos a dejar? ¿Uno que se emocionó mucho en el Mundial y siguió igual? ¿O uno que usó ese impulso para exigir más, construir más, ser más?

El «y sí sí» tiene que durar para la educación. Para la salud. Para la seguridad. Para el agua limpia y las calles que no se inundan. Para las oportunidades que todavía no llegan a donde deben llegar. Para las madres que crían solas y merecen un sistema que las vea. Para los jóvenes que tienen talento de sobra y opciones de menos.

Para todo eso que sabemos que podemos resolver si decidimos que sí se puede y que sí lo vamos a hacer.

Desde esta representación, esa es la apuesta. No solo acompañar lo que ya se construye, sino empujar lo que falta. Porque legislar también es una forma de decir «y sí sí» — de creer que las leyes pueden cambiar vidas, que las políticas públicas pueden abrir puertas que llevan cerradas demasiado tiempo, que el trabajo en tribuna tiene un impacto real en la calle.

México no necesita que le digan que puede. Ya lo sabe. Lo que necesita es que quienes tenemos responsabilidad pública estemos a la altura de esa capacidad.

Y sí sí podemos. Y sí sí vamos.