Por: Nora Merino Escamilla
La Ley de Ingresos fue aprobada. Ahora viene lo más difícil y lo más importante: armar el Presupuesto de Egresos.
No son dos trámites legislativos. Son dos mitades de una misma decisión política. La Ley de Ingresos dice de dónde viene el dinero. El Presupuesto de Egresos dice a dónde va. Y en ese segundo documento — en cada partida, en cada rubro, en cada peso asignado o negado — se revela con claridad qué valores tiene un gobierno y a quiénes considera prioridad.
El trabajo en las comisiones que hoy construyen ese presupuesto no es glamoroso. No genera titulares ni viraliza en redes. Es un trabajo técnico, detallado, de horas largas y negociaciones que pocas veces salen a la luz pública. Pero es ahí, en ese trabajo silencioso, donde se define si las pensiones aumentan o se congelan, si los hospitales reciben lo que necesitan, si las becas llegan a quien las necesita, si la obra pública avanza o se paraliza. Cada número en ese documento es una decisión que afecta vidas reales.
Por eso desde esta representación acompañamos ese proceso con toda la seriedad que merece. Con presencia en comisiones, con posición clara sobre las prioridades que no se pueden sacrificar y con la convicción de que el presupuesto no es un ejercicio contable — es el instrumento más concreto con el que un gobierno cumple o incumple sus compromisos con la gente.
Y mientras ese trabajo avanza, la derecha hace lo suyo.
La polarización que hoy se vive en el debate público no es espontánea. Es una estrategia. Una oposición que no tiene votos para bloquear en el Congreso encontró en el ruido mediático, en las redes sociales y en la confrontación permanente su única forma de mantenerse relevante. Cada iniciativa que se aprueba genera un escándalo manufacturado. Cada logro de gobierno se convierte en el pretexto para una narrativa de crisis que no corresponde con la realidad que vive la gente en el territorio.
Lo saben quienes lo hacen: no necesitan ganar el argumento. Solo necesitan generar suficiente ruido para que la duda se instale, para que la coalición se distraiga de su agenda y para que el desgaste haga el trabajo que las urnas ya no pueden hacer a su favor.
La respuesta no puede ser más ruido. Tiene que ser más trabajo y más unidad.
Unidad no significa silencio ni ausencia de debate interno. Significa que cuando se llega a una decisión, se defiende juntos. Que las diferencias se procesan hacia adentro y no se ventilan en el espacio que la oposición está esperando aprovechar. Que cada legisladora y legislador entiende que en este tramo final de la legislatura, la fragmentación tiene un costo que paga la gente — no la clase política.
La presidenta Claudia Sheinbaum lleva adelante un proyecto que ha demostrado resultados en los indicadores que importan: empleo, salario, inversión, programas sociales, soberanía. Ese proyecto necesita una base legislativa que lo respalde con convicción, no con tibieza. Que vote el presupuesto que hace posible seguir construyendo lo que se ha construido. Que no ceda ante la presión de quienes quieren un recorte aquí y un ajuste allá que en la práctica significa menos pensiones, menos becas, menos salud para quienes más lo necesitan.
Este es el momento de cerrar filas. No porque se lo pida nadie — sino porque los resultados lo exigen y la gente que confió en este proyecto lo merece.
El presupuesto se está armando. La unidad también.