Por: Nora Merino Escamilla
La visita de Salma Hayek a la presidenta Claudia Sheinbaum no fue una postal más para redes sociales. Fue un momento simbólico que dice mucho más de lo que algunos quisieran reconocer.
Una mujer mexicana, ícono global del cine, productora, empresaria, activista; y una mujer científica, política, presidenta de la República. Dos trayectorias distintas, dos espacios históricamente dominados por hombres, dos historias que rompen techos de cristal. Y aun así, para ciertos medios y opinadores, lo relevante no fue el mensaje, no fue el simbolismo, no fue lo que representa para millones de niñas ver a dos mujeres poderosas dialogando desde el respeto y la admiración mutua.
Lo relevante —según ellos— era minimizar, desacreditar, burlarse o insinuar superficialidades.
Ahí está el problema de fondo.
Cuando una mujer triunfa, se le cuestiona.
Cuando dos mujeres se reconocen, se trivializa.
Cuando una mujer gobierna, se le exige el triple.
La visita de Salma Hayek dejó entrever algo que ya sabíamos, pero que ahora se confirma con más claridad: el mundo está viendo a México con otros ojos. No solo por sus cifras económicas o su peso geopolítico, sino porque hoy está encabezado por una mujer que gobierna con mesura, con preparación y con firmeza.
Y eso incomoda.
Incomoda a quienes durante décadas normalizaron que el poder tuviera un solo rostro, un solo tono de voz y un solo género. Incomoda a quienes creen que la política es un club exclusivo y que el reconocimiento entre mujeres debe leerse como frivolidad.
Pero no lo es.
Lo que vimos fue sororidad en el sentido más profundo: el reconocimiento del camino recorrido y del que falta por recorrer. Porque aunque hoy tengamos una presidenta mujer, la lucha contra el machismo no terminó. Sigue en los comentarios en redes, en los titulares con doble intención, en las columnas que reducen todo a apariencia o espectáculo.
Y eso revela algo preocupante: hay sectores mediáticos que, en lugar de analizar el momento histórico que vive el país, prefieren desacreditar cualquier avance que tenga rostro femenino.
No es nuevo. Ha pasado con científicas, con deportistas, con empresarias y ahora con la presidenta. El escrutinio no siempre es político; muchas veces es profundamente patriarcal.
Por eso la imagen de Salma Hayek con Claudia Sheinbaum no es trivial. Es potente. Es un mensaje para las niñas que sueñan con dirigir una película o con dirigir un país. Es un recordatorio de que el talento mexicano no tiene límites cuando se abren espacios.
Y también es un espejo que exhibe a quienes siguen anclados en un machismo disfrazado de crítica política.
México está cambiando.
El liderazgo femenino ya no es excepción, es realidad.
Y mientras algunos siguen intentando minimizarlo, millones de mujeres siguen avanzando.
Porque cuando una llega, llegamos todas.