Por: Nora Escamilla
Hay algo que el futbol le hace a México que ningún discurso político ha logrado replicar del todo: nos hace creer. De golpe, sin avisar, en el minuto noventa de un partido que parecía perdido, este país se vuelve uno solo. Las diferencias se achican. El grito sale parejo desde Tijuana hasta Mérida. Y por un momento — solo un momento — nos convencemos de que sí se puede.
¿Y si ese momento no durara solo noventa minutos?
El Mundial que hoy vivimos en casa no es solo una fiesta deportiva. Es un espejo. Nos muestra lo que somos cuando decidimos ser lo mejor de nosotros mismos. Nos muestra que cuando México se organiza, cuando pone voluntad, cuando trabaja con un objetivo claro, puede hacer cosas que duelen más de lo esperado — pero en el buen sentido. Cosas que sorprenden. Cosas que enamoran al mundo.
Y duele más porque sabemos que podemos más.
Esa es la tensión que carga este país desde hace generaciones. La conciencia profunda de su propio potencial y la frustración de no haberlo aprovechado del todo. México tiene talento, tiene historia, tiene gente extraordinaria, tiene recursos, tiene una cultura que el mundo admira. Y sin embargo, millones de mexicanas y mexicanos siguen esperando que ese potencial se traduzca en algo concreto en su vida cotidiana.
El “Y si sí” no es un slogan. Es una pregunta que este país lleva décadas haciéndose en voz baja y que ya es tiempo de responder en voz alta con hechos.
Y si sí pudiéramos garantizar que cada niña y cada niño en México llegue a la adultez con educación de calidad, con salud, con un techo seguro y con opciones reales de futuro — ¿qué tan diferente sería este país en veinte años?
Y si sí pudiéramos convertir cada logro deportivo, cada medalla, cada gol en territorio propio, en el combustible de una generación que decida que el México que heredó no es el México que va a dejar — ¿qué tan lejos llegaríamos?
Tenemos una deuda con este país. No con el México de los discursos y las estadísticas, sino con el México de carne y hueso: el de las familias que trabajan doble, el de las madres que sostienen solas, el de los jóvenes que tienen talento de sobra y oportunidades de menos. Con ellos es la deuda. Y la única forma de pagarla es hacer, no solo pensar. Construir, no solo prometer. Llegar, no solo señalar el camino.
El Mundial nos recordó que sí podemos emocionarnos juntos. Ahora el reto es recordar que también podemos avanzar juntos. Que la misma energía que ponemos en un partido la podemos poner en transformar una comunidad, en exigir lo que nos corresponde, en ser la generación que le deje a México algo mejor de lo que encontró.
Y si sí. Claro que sí podemos.
La pregunta es si vamos a hacerlo.