Por: Andrea Estupiñán Villanueva
Cada 10 de mayo, México se viste de fiesta. Las flores inundan los mercados, los restaurantes se llenan de familias y las cocinas de todo el país se convierten en el epicentro de una celebración que trasciende lo comercial para tocar las fibras más profundas de nuestra identidad. El Día de la Madre no es simplemente una fecha en el calendario: es un ritual familiar que reafirma vínculos, reproduce tradiciones y, sobre todo, nos reúne alrededor de la mesa. Pero en medio de esta celebración tan entrañable, vale la pena detenernos un momento para reflexionar sobre lo que ponemos en esa mesa y las implicaciones que tiene para la salud de nuestras familias. La investigación académica nos recuerda que el Día de las Madres actúa como un rito familiar que integra prácticas oficiales y locales, reforzando la posición simbólica de la madre y la cohesión familiar alrededor de la comida. En regiones como Tabasco, estudios etnográficos registran esta fecha como una de las fiestas más mencionadas y celebradas con comidas específicas dentro de los repertorios festivos locales. Esta centralidad cultural convierte al Día de la Madre en un espacio privilegiado no solo para el afecto, sino también para la construcción y transmisión de nuestra identidad alimentaria. Y es que la comida festiva en México tiene un lenguaje propio. Cuando celebramos a mamá, la mesa se transforma: aparecen los platillos que no comemos todos los días, las porciones se vuelven generosas y los sabores se intensifican. La carne ocupa un lugar central y jerarquizado, acompañada frecuentemente de refrescos, postres elaborados y platos ricos en energía que señalan hospitalidad y estatus. Estos alimentos festivos, densos en carbohidratos, proteína animal, grasas y azúcar, tradicionalmente se consumen en ocasiones especiales, lo que históricamente limitaba su impacto en la salud. Sin embargo, algo ha cambiado. La literatura científica documenta que alimentos originalmente reservados a festividades pueden incorporarse con mayor frecuencia al consumo cotidiano, amplificando su impacto nutricional. Lo que antes era excepcional se vuelve habitual, y las comidas de celebración dejan de ser la excepción para convertirse en parte de un patrón alimentario que, sumado a otros factores, contribuye a riesgos cardiometabólicos en nuestras comunidades. Esta reflexión no pretende aguarnos la fiesta ni mucho menos cuestionar el valor de nuestras tradiciones. Al contrario: se trata de reconocer que la comida festiva cumple funciones simbólicas de reciprocidad, estatus y memoria colectiva que son fundamentales para nuestra identidad. La gastronomía festiva integra ingredientes y platos tradicionales que contribuyen a la identidad alimentaria regional y nacional. Eliminar estos elementos sería empobrecer nuestra cultura. Pero sí podemos preguntarnos: ¿cómo honramos a nuestras madres de manera que también cuidemos su salud y la de toda la familia? Aquí es donde la figura de la madre adquiere una dimensión adicional. Las madres son agentes centrales en la compra y preparación de alimentos; su conocimiento y prácticas culinarias ofrecen puntos de intervención importantes. Ellas son las guardianas de las recetas familiares, las que transmiten sabores y saberes de generación en generación. Pero también enfrentan barreras reales: el costo de alimentos saludables, jornadas de trabajo extensas y falta de tiempo para preparación dificultan modificar patrones alimentarios festivos y cotidianos. Entonces, ¿qué podemos hacer? La evidencia sugiere que las intervenciones más exitosas son aquellas que usan estrategias familiares y enseñan técnicas culinarias culturalmente relevantes para mejorar la calidad de los platillos sin eliminar la tradición. No se trata de renunciar a el mole, al pozole o a los tamales, a todas esas delicias; se trata de encontrar formas de prepararlos que respeten su esencia mientras incorporamos ingredientes más saludables, reducimos porciones o equilibramos el menú con más verduras y frutas. Este Día de la Madre, mientras celebramos a las mujeres que nos dieron la vida y nos enseñaron a cocinar, podríamos también regalarles algo más duradero que flores o chocolates: el compromiso de cuidar nuestra salud familiar. Podríamos preguntarles por sus recetas, pero también por la manera en que se sienten, por lo que necesitan, qué barreras enfrentan para alimentarse mejor. También podríamos compartir la carga de la cocina, aprender de ellas y, al mismo tiempo, explorar juntos maneras de mantener viva la tradición mientras protegemos nuestro bienestar. Las políticas públicas y los programas comunitarios tienen un papel crucial en abordar los determinantes estructurales, acceso económico, tiempo, educación nutricional, que limitan las opciones saludables. Pero cada familia, en su propia mesa, también puede iniciar pequeños cambios que, sumados, pueden tener un gran impacto. El Día de la Madre en México es mucho más que una celebración: es un espejo de quiénes somos, de lo que valoramos y de cómo nos relacionamos con la comida y con nuestros seres queridos. Este 10 de mayo, mientras brindamos por mamá, brindemos también por su salud y por la nuestra. Porque la mejor manera de honrar a nuestras madres es asegurar que puedan disfrutar de muchos más años a nuestro lado, compartiendo esas comidas que nos hacen familia